-No. No lo hagas. Quiero que sigan allí.
Su padre le miró con tristeza pero le hizo caso. Le abrazó con fuerza.
-Todos la echaremos de menos. Pero con el tiempo lo superaremos, ya lo verás.
-No quiero olvidarla, papá.
-Y no debes hacerlo. Pero el dolor irá desapareciendo. Ahora descansa, te conviene.
Álex y yo nos quedamos a solas en la habitación.
-Puedo verte. ¿Es una alucinación? ¿Un sueño?
-Soy yo.
Fui a sentarme en su cama, donde él estaba tumbado. Intenté abrazarle, pero traspasé su cuerpo. Al ver que no podía hacer nada más, le miré y puse las manos sobre mis piernas. De repente empezó a llorar otra vez.
-Siento mucho lo que pasó. No fui suficientemente rápido. Yo…
No pudo acabar la frase. Se había tapado la cara. Yo también empecé a llorar.
-No digas eso, no fue culpa tuya. Fue ese coche el que se saltó el stop. No te culpes. Por favor.
Me miró. No podía verle así; tenía un aspecto horrible, reflejo de lo que sentía en su interior.
-Ahora tú debes vivir por los dos. Aunque yo no esté aquí tú debes seguir.
-¿Cómo quieres que siga? Fui yo quien te mató.
-No digas eso. No fue culpa tuya. ¿Tengo que repetírtelo?
Miró otra vez las fotografías.
-Todo se jodió. Finalmente era feliz. Tú… Estos tres años fueron los mejores de mi vida. Todavía no puedo creer que haya pasado todo esto, y que esté aquí hablando contigo como si nada. Parece que todo haya sido una pesadilla.
No hablé inmediatamente. Él todavía miraba las fotografías.
-No te estanques aquí, Álex. Vive y pásatelo bien. Hazlo por mí.
-¿Estarás siempre a mi lado? – esta vez me miró.
-Hasta que no me necesites – dije esa frase sin pensar, y luego añadí –. Supongo.
Me sonrió amargamente. Pero luego arrugó la frente, como si no comprendiera algo.
-Bel. ¿Dónde estás?
-Aquí, Álex.
-¿Bel?
Volvió a llorar. Seguramente se encontró solo, porque me sentí más ligera que antes. Ahora era invisible para él también. Ahora no podía hacer nada más por él; mientras lloraba y lloraba, no podía hacer más que mirarle. Así que me acerqué y le di un beso en la frente. Él se reincorporó, atravesando mi cuerpo inmaterial, que todavía estaba inclinado.
-No me has abandonado.
Me levanté de la cama y me quedé delante de él.
-Gracias por todo lo que has hecho por mí durante estos años. Te quiero, y sé que siempre te querré.
-Yo a ti también te querré siempre – dije, aunque sabía que no me oiría.
Le miré una vez más, mientras se tumbaba otra vez sobre la cama. Me quedé a su lado hasta que supe que se había dormido cuando oí su pausada respiración. Luego salí de la casa y me entregué a un nuevo mundo, aceptando con pesar mi nueva soledad eterna.